Poesia

Estos son retales de la vida, viajes al fondo de la nada, sitios donde no he ido ni he estado, la verdad, no se, iré poniendo cosas a medida que pueda, se me ocurran o me lleguen. Pues bien, yo he encontrado algo extraordinario que merece ser compartido sobre todo por aquellos que le conocimos.

No siempre se encuentra algo cuando buscamos, es como saber donde ir pero no como, gritar y no saber porque, valer la pena escuchar si no tenemos nada que decir. Estoy escribiendo recuerdos y vivencias de mi infancia.

Esto lo escribió Adrian hace tiempo para nuestro abuelo:

Residencia en la tierra (poesía de un viaje desde el país de la cal hasta la sinceridad del paisaje)

Quiso llevarse el metal en los ojos
después de una noche de lluvia invisible.
Antes de comer, recogió las alas del perchero.
Quiso dormir desprendido de piel,
y abandonó su casa sin reflejo alguno

Quiso perderse entre los almendros en flor,
y brotar de semillas silentes bajo las manos del alba.
Quiso romper la cama de madera y pasear
por caminos salpicados de azafranes.

Yo por mi parte,
quise verte con tus manos frías y labios dormidos.
Yo quise derramar mi alma en ti
y ese llorar lánguido que todavía me cubre.
Ambos quisimos decirnos adiós por el sendero de la guitarra.

Mi presencia de harina te siguió hasta detrás de dos lunas de membrillo.
Yo estaba lejos, donde el azahar invade,
como una peste, toda la ciudad entregada de mar.
Desde allí, sin saberlo, encendí una hoguera por ti.

Un filo negro y fino que se alzaba sobre madera de naranjo,
al cielo resquebrajado, gritando tu remembranza…
sí una hoguera, la más alta de cuantas se levantaron aquel día.

Quisiste ser de humo en mi hoguera y yo ser de agua en tu alma.
Ambos quisimos quedarnos en la sinceridad del paisaje,
pero estábamos muy lejos,
como lejos partieron jazmines calientes.

Quise tan cerca, como para olerte de miel,
Quise tan en ti como para acongojarme por las calles dolidas de sal
con los ojos grandes, muy grandes, de redonda tristeza
… al pensar en ti
tan de vida,
tan de ti, tan de lejos…

Siempre he deseado tocar con mi pulso el piano
y derramarme de lleno con cada nota en su tristeza.
Sé que nunca andaré sobre melodías propias,
pero cuanto más me acerco a tu residencia en la tierra,
más me aferro a la vida y a ese corazón que entregué a los luceros tiritantes.

Hoy despiertas en la niebla, desnudo y vaporoso
y todo es del revés…

Siempre quise tener una foto de mi abuelo
al hacer la tarde con sus manos de corteza y equilibrio.
Sus ojos garzos, la piel vivida, el alma apacigüe,
tenue la luz entrando por una ventana.

Juego de luces y sombras, apego de ángel callado.
Hoy ya la tengo, cicatrizada por el sol en tu partida
bajo las cejas enredadas y el corazón escuálido.

Impresiones, imágenes de la ausencia.
Tus mismos ojos en tu hijo,
llorando frente al madero y el hacha.
Tocan las campanas a lo lejos clamando cigüeñas,

y bajo la siembra del alma,
suenan voces de amapolas.
Al pasar a la sala del llanto,
olor a vinagre.

Aunque el suelo estaba ya vacío sin ti,
no quise pisar tu sombra transitoria:
caminé sorteándote

y el silencio se apoderó de la ternura galopante
Su garrota, su boina en la silla…
Padre, ¿vamos a por un poquico de leña pá encender?
Antonio, no se olvide la garrota,

Antonio, acérquese más al plato.
Antonio…
Antonio…
no te vayas…

Flotabas un viento de aroma por los tejados,
habías florecido prematuros los almendros,
el agua fluía con calma en adormecidos patios.
Era primavera cuando marchaste en un viaje,
porque la muerte es un largo viaje que no anuncia partida ni regreso…

Era primavera, tu última primavera, enfermo de vida,
en aquella primavera de sangre,
cuando se alejaban ausentes la espuma y las abejas
y todavía nadie me había amado…

Vine a decir a todos que todavía es temprano
para que los cielos batan sus alas,
que todavía hay tiempo para recordar coplas,
que si algo queda sobre la escarcha
es corazón y ceniza.

Hoy te reclaman los ojos,
y sé que te perderé en la memoria,
pero no quiero mas que quedarme a tu lado
y respirar tus almendros, tu risa,
tu mirada azul, tu sombra de luz…

Hoy te reclaman los ojos,
y el alba oscurece, y la cal de los pueblos se apaga…
Y yo estoy cansado de gritar a la tierra
que me devuelva tu savia
que me la devuelva…

Que dejaste tu biografía en la tierra,
las manos en cosecha
y mis ojos en la niebla.

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